Al regueresar de aquel sendero descubrió no haber obtenido nada de lo ocurrido, ni una esperanza ni un buen recuerdo, ni tan sólo el cálido sabor del sexo. Se sentó a apreciar la arisca mirada de las estrellas para descubrir que hasta ellas habían renegado de toda cordura.

Volver el rostro y no encontrar las huellas y así descubrir que el destino la retaba a volver a caer. Mas aun a sabiendas ella se dispuso a caer por aquel desfiladero una y otra vez pensando que al llegar a bajo moriría al menos esa sensación insatisfecha, esa sed de amor aún ansiado más allá de lo conocido y por conocer.

Aun así, el eco de unas palabras tardías le recordaban que sí se aprende después de cada caida, simplemente al principio las heridas duelen tanto que no nos dejan reconocer ni lo evidente, pues la sangre ayuda a curar tal magulladura, la sangre que cicatriza la herida, herida que al cicatrizar vuelve a ser piel y emblema a su vez, emblema de superviviencia a experiencias pasadas, emblema de propio conocimiento al cual no debemos comparar con el presente simplemente ayudar a estar más atentos, pues aprendida la experiencia ya no necesitaremos volver a caer, al menos por el mismo lugar.

Se acaban las palabras. Aquí os dejo este pequeño paradigma de lo que se llama evolucionar, crecer. (Cuesta afontar que soy una adolescente aprendiendo a ser mujer).

Y entonces la esperanza volvió conmigo, renací y con heridas cicatrizada me dispongo a recorrer otra senda, la cual no sé hacia donde me guia, sólo sé que siempre estaré dispuesta a cambiar de camino en caso de ser necesario, y que siempre seré feliz en todos mis casos pues si elijo la senda es sólo para realmente, VIVIR.

Gracias a todos los que me disteis paso y ayudasteis a crecer.